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¿Queremos árboles o queremos bosque?

oplus 32

Musgos, líquenes, hongos, plantas herbáceas, lianas, arbustos, árboles y, por supuesto, la fauna, son todos componentes de un bosque. Pero con el miedo a los incendios ha surgido el miedo al bosque mismo. Por eso corre por España la consigna de que hay que “limpiar” el monte, y las miradas se dirigen a lo que llamamos, a veces despectivamente, matorral, es decir, a los arbustos. Se les culpabiliza de los incendios, como si ellos iniciaran el fuego, olvidando que no, que en la inmensa mayoría de las ocasiones es el ser humano quien prende la mecha.

En nuestros montes la vegetación se presenta de muchas maneras y hay que saber diferenciar dónde hay un exceso de combustible que conviene reducir. Pero si generalizamos y una opinión pública movida por sus miedos y por el error de reducir el bosque a los árboles induce a los gestores de los montes a eliminar sistemáticamente los arbustos, podemos caer en la contradicción de que creyendo que estamos salvando el bosque, en realidad lo estamos matando.

Dónde reducir (que no eliminar totalmente) el número de arbustos (y en algunos casos, de árboles)

  • En repoblaciones forestales realizadas hace décadas con una excesiva densidad, en las que es preciso talar árboles, que generalmente son pinos.
  • En bosques jóvenes con una elevada densidad de troncos nacidos de una misma cepa o raíz, en los que habría que reducir el número de troncos y facilitar que llegue más luz al suelo.
  • En áreas que se han cubierto de arbustos tras el cese de la agricultura o de la ganadería. Nos referimos a zonas cubiertas casi exclusivamente por una especie, como jaras, retamas, aliagas, tojos o brezos. Lo ideal sería aclarar para generar pastizales o para facilitar su evolución a bosque plantando a la sombra de los arbustos que dejemos otras especies de árboles y de arbustos.
  • Cuando los árboles crecen lo suficiente como para sombrear a los arbustos, si estos últimos son de especies que necesitan mucha luz acaban muriendo. Pero en bosques jóvenes esto aún no sucede y las copas de los árboles están muy cerca de las ramas de los arbustos. En esos casos está justificado reducir su densidad, especialmente en torno a los árboles. Pero habría que evitar eliminar arbustos de especies escasas o de alto interés por su capacidad de dar fruto para alimento de la fauna y flor para los polinizadores.

Dónde es más conveniente hacerlo

  • En las cercanías de poblaciones e infraestructuras.
  • En bandas de unos 20 metros en paralelo a carreteras, pistas forestales, vías de tren y líneas eléctricas.
  • En las proximidades de espacios de alto valor ecológico, con el fin de reducir el riesgo de expansión del fuego hacia ellos. Y, evidentemente, en los cortafuegos que se realizan en el interior de los bosques.
Árboles derribados por el viento en una repoblación forestal en la que había una excesiva densidad de arbolado. Este tipo de repoblaciones no son verdadero bosque
Repoblación forestal con árboles derribados por el viento. La naturaleza rebaja por sí misma la densidad excesiva, pero queda un exceso de madera seca que es un riesgo en caso de incendio

Y dónde no

  • En el interior de un bosque maduro o que progresa hacia la madurez, en el que las especies siguen una dinámica natural, presentando árboles y arbustos de diferentes edades y zonas con diferentes densidades de unos y otros. Aquí los arbustos forman lo que se conoce como sotobosque. Si queremos defender a estos bosques, que son los más valiosos, hagámoslo desde las áreas circundantes, interviniendo muy poco o nada en ellos. Ello no implica que no se puedan realizar labores de gestión forestal, pero éstas deben estar encaminadas al fortalecimiento de la resiliencia frente al calentamiento global.

Hacer frente tanto a las causas que originan los incendios como a las causas de su creciente severidad

Además de dónde, es importante el cómo y el cuándo. En este sentido es importante resaltar la conveniencia de evitar maquinaria pesada y de que sean equipos bien formados y dirigidos quienes reduzcan la densidad de arbustos mediante desbroce manual o quemas prescritas.

Como vemos, claro que en muchos sitios conviene reducir la cantidad de arbustos o de árboles, pero lo más importante es que tengamos claro dónde no hay que hacerlo. Porque, desgraciadamente, ya hemos visto como en algunos lugares se entra en el bosque con maquinaria que destroza el suelo y hace más daño que beneficio, o cómo se ha eliminado totalmente el sotobosque de bosques de ribera. También hemos visto imágenes de bosques despojados del sotobosque que se presentan en medios de comunicación y redes sociales como ejemplos de los bosques «limpios» que deberíamos tener. Y no queremos que en el imaginario colectivo prenda la idea de que algo así es un bosque bien gestionado.

Para reducir la superficie devastada por incendios hay que hacer frente tanto a la causa de la mayoría de los fuegos, que es la acción humana, como a las causas de su creciente severidad, entre las que está la acumulación de combustible. Una gestión sabia del territorio y del combustible contribuirá a reducir la severidad, pero no debemos olvidar que sin afrontar la intencionalidad, las negligencias y los descuidos el fuego seguirá devorando nuestra tierra.