El mito de “limpiar” los ríos para evitar inundaciones

El mito de “limpiar” los ríos para evitar inundaciones

Cada vez que hay una crecida de un río o arroyo los afectados, algunos políticos (¿oportunistas? ¿malinformados?) y otras voces repiten el mantra de que la inundación no hubiera ocurrido si el río estuviera limpio. Limpio, ¿de qué? ¿de basura? ¿de la mal llamada “maleza”? Los hay que llegan a pedir eliminar todo el arbolado.

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Créditos: Kazuend / Unsplash

El mito de que hay que «limpiar» los ríos se refleja en la enorme cantidad de arroyos que discurren por nuestros campos sobre cauces cuyas orillas están completamente desprovistas de vegetación. También en los enormes presupuestos invertidos en retirar los sedimentos del fondo de los ríos (dragar) y en eliminar los bosques de ribera, especialmente los arbustos.

Estas prácticas afectan negativamente a la biodiversidad, a la naturaleza y a la seguridad de poblaciones y propiedades

Es importante reivindicar el papel fundamental que cumple la vegetación de ribera e insistir en que las leyes naturales son manifestación de una inteligencia que ha hecho posible nuestra propia existencia. Pretender ser más listos que la naturaleza nos ha llevado a esta enorme crisis ambiental de escala planetaria a la que se enfrenta la humanidad por primera vez en su historia.

Corredores ecológicos

Los bosques de ribera son corredores ecológicos que facilitan la movilidad de especies animales y de semillas, las cuales son arrastradas por el agua, por el viento o trasladadas por la fauna en sus tractos digestivos. La vegetación sombrea el agua, manteniéndola más fresca y oxigenada, lo cual es ideal para la fauna.

En ausencia de la vegetación el agua está más caliente, lo que facilita la proliferación de algas y la disminución del oxígeno disuelto

Las pérdidas por evaporación son mayores, con la consiguiente merma en la recarga de acuíferos y en la disponibilidad de agua para consumo y riego. Los bosques de ribera son un ecosistema integrado por especies adaptadas para interactuar con la dinámica de ríos y arroyos, generando un equilibrio del que las crecidas forman parte. Cuando éstas se producen las raíces de la vegetación sujetan la tierra de las orillas y del lecho, y frenan la velocidad del agua, disminuyendo por tanto la erosión y el arrastre de objetos. Si la velocidad y fuerza del agua son mayores, su capacidad para erosionar la tierra sobre la que se anclan los pilares de los puentes es también mayor, de modo que el riesgo de colapso de estas infraestructuras aumenta.

El argumento de quienes plantean eliminar «malezas” es que así troncos y ramas arrastradas no formarán barreras que, al ser desbordadas, incrementen la fuerza del agua

También se piensa que al tener el agua más capacidad de erosión una vez desprovisto el cauce de vegetación, éste se ampliará y disminuirá el riesgo de desbordamiento. Pero esa ampliación es a costa de arrastrar la tierra de las orillas aguas abajo. Esta tierra se va depositando en el lecho de ríos y embalses. La consecuencia es que aumenta la altura del lecho, disminuyendo la profundidad y, en consecuencia, la capacidad de encauzamiento del agua en el caso de los ríos y de almacenamiento en el de los embalses.

Tiene sentido que las labores de vigilancia y mantenimiento de ríos y arroyos incluyan la retirada de restos de vegetación seca situados junto al cauce o dentro de él, con el objetivo de evitar las temidas barreras que retienen el agua. Esos restos son valiosa materia orgánica que, al descomponerse, fertiliza el suelo y lo hace más permeable y capaz de almacenar carbono. Por ello, en lugar de quemarse o llevarse a vertedero deberían esparcirse en terrenos próximos.

Pero, salvo que se trate de especies invasoras, nunca tendrá justificación la eliminación de la vegetación viva, tanto por su valor en sí misma como porque su efecto es contraproducente para la seguridad de las personas y para la protección de edificios, cultivos e infraestructuras.