
“Temo que los que vinieran después de nosotros han de tener mucha queja de que se los dejamos consumidos, y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días”. Parece que esta frase se la dijo Felipe II en 1572 al presidente del Consejo de Castilla, Diego de Covarrubias. Y se refería a nuestros bosques y montes.
Mucho tiempo después, las desamortizaciones y la industrialización del S XIX llevaron a nuestros bosques a su mínimo. Sin embargo, las reforestaciones emprendidas a partir de finales de ese siglo empezaron a revertir la tendencia. Aun así, en las imágenes de la Guerra Civil aún se ven enormes superficies desarboladas. Pero tras el fratricida conflicto comenzó el gran éxodo que vació pueblos y dejó a la naturaleza hacer sobre terrenos antes dedicados a la agricultura y la ganadería.
Y la naturaleza hizo; hizo lo que pudo, con lo que pudo. Porque en muchos de esos terrenos ya no había un suelo sano y generoso, sino uno esquelético y agotado; tampoco quedaban ejemplares productores de semilla de todas las especies que tiempo atrás prosperaban. Por eso hoy encontramos grandes superficies cubiertas por unas pocas especies de arbustos o de arbolillos raquíticos, que son fácilmente víctimas del fuego. En otros lugares a la naturaleza ya no le quedaron fuerzas para sustentar especies leñosas de gran talla y en ellos se instalaron herbazales y pequeñas matas o, a veces, solo musgo y líquenes. Pero también hay historias de éxito, en las que el bosque se recuperó con vigor.
Ya a finales del siglo pasado comenzaron a notarse los efectos del calentamiento global. Las cada vez más frecuentes sequías y olas de calor empezaron a debilitar los bosques, cosa que aprovechan los patógenos propios y los venidos de otras latitudes. Así, a estos montes resecos y más débiles sólo les queda encomendarse para que no llegue lo que más temen: el fuego.
El fuego siempre ha estado ahí, haciendo equipo con el ser humano (las más de las veces), o actuando solo. Hace mucho tiempo, cuando había menos seres humanos, a nuestros bosques no les venía mal un incendio de cuando en cuando. Servía para abrir claros, dando así opción a especies que requieren luz. Les favorecía la savia nueva de los árboles que volvían a crecer tras el fuego. Los herbívoros ayudaban a mantener los claros por más tiempo. Y así hasta la llegada del siguiente fuego o de otras perturbaciones, como los vendavales, que también jugaban su papel para mantener un equilibrio dinámico. Pero claro, eso era cuando los incendios dependían más de los rayos que de la acción humana.
A lo largo de siglos nuestros antepasados pasaron nuestros montes por fuego una y otra vez. España ya era tierra quemada mucho antes de estos últimos calamitosos veranos. A pesar de eso, la tozuda naturaleza volvía a la carga y, gracias a su tenacidad, en las últimas décadas nuestra superficie boscosa ha crecido: por dar una cifra redonda, lo ha hecho en un 50% en los últimos 50 años.
El panorama actual es radicalmente distinto: más superficie forestal, más densidad de vegetación, más plagas, más sequía y más calor hacen que, aunque el número de incendios sea menor, éstos adquieran unas proporciones devastadoras. El clima tampoco juega a favor de la recuperación de los bosques y las previsiones apuntan a peor. Las posibles soluciones son limitadas y su implementación, si sucede, será lenta.
No es exagerado decir que aquellas palabras de Felipe II vuelven a tomar sentido. Hemos de ser conscientes de que en este futuro cercano vamos a ver arder parte de la superficie forestal ganada durante las décadas anteriores. Hemos de trabajar duro para disminuir daños a montes y daños materiales y personales, pero desde la aceptación de esta realidad. Así podremos evitar otro incendio de nefastas consecuencias: el que provocan la frustración, la crispación y el malestar personal y social.

San Martín de Valdeiglesias. Izquierda: 2025. Derecha: 1975. La foto superior es de Villa del Prado en 1956 y 1975.
Las fotos corresponden a las mismas zonas. Ambos municipios han sido afectados por el incendio de la sierra Oeste de Madrid.
